De esta experiencia, se destaca el interés por el bien común o cohesión social que demostró la comunidad para lograrlo. Las familias están organizadas y han creado un tejido social importante a través del “consejo comunitario” que les ha permitido trabajar por las cosas en vez de esperar por ellas, ha fomentado la cooperación, el orden (a través de un calendario de riego) y un sistema de voluntariado que según explica Ángel, consiste en que “yo tengo 50 tareas de tierra, de esas tuve que asentar a dos agricultores que no tenía tierra con 5 tareas a cada uno para que cultiven, así todos tenemos y todos sembramos, y aquí respetamos los acuerdos”. Así están produciendo unas 650 tareas de tierra con frutos como guineos, plátanos, yuca, aguacate, hortalizas, entre otros.
El respeto y la inclusión también han primado, porque no puede haber desarrollo sostenible sin igualdad de género (ODS 5). Por eso, “las mujeres aquí”, dice Ángel, “también tienen tierras y siembran”. Y nadie habla por ellas; están organizadas en la Asociación de Mujeres del Memizo y también han puesto en marcha el sistema de reparto solidario de las tierras productivas: nueve mujeres propietarias de terrenos han cedido espacios a otras seis para que puedan producir.
“El hombre se siente más motivado cuando ve que nada más no es él que va al conuco o a la parcela, sino nosotras también tenemos nuestro pedazo de tierra sembrado, de lo que nosotros deseamos sembrar”, comenta Katerin Custodio, presidenta de la Asociación de Mujeres del Memizo.
Agrega que antes tenían muchas precariedades sobre todo para los alimentos, pero “ya no porque lo tienen a la mano”. Dice además que hasta la salud ha mejorado porque ahora comen de su conuco productos más nutritivos.
No se trata sólo de cultivar, sino de un elemento esperanzador y motivador para que sus hijas que ahora tienen sus estudios y alimentación garantizados puedan ir rompiendo, poco a poco, el círculo de la pobreza.
Katerin también recuerda con alegría el primer día que le llegó agua a la llave: “¡Ay, imagínese, ese fue un día que uno hizo un WAO, por fin! Desde ese momento se empezó a sembrar y ha sido un cambio radical con resultados magníficos”, resalta.
Para ella, el proyecto es símbolo de estabilidad económica, seguridad alimentaria y el sentido de permanencia. “Este proyecto nos garantiza no migrar a otros lugares, sino que tenemos una estabilidad para quedarnos en nuestra comunidad y atraer a otros”, dice.
Esos “otros” a los que se refiere Katerin ya están llegando a la comunidad, y José Mordan es una muestra. Salió del campo a los 18 años por una mejor vida y hoy, ha regresado por ella. “Luego que llegó esta ayuda para la comunidad yo tomé la decisión de regresar al campo con mi familia, mis dos hijos y mi esposa, y continuar aquí en el campo”, comenta el licenciado en Mercadeo, que luego de años de trabajo en la ciudad vuelve a sus raíces a aportar a su comunidad.